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Hay
técnicos que bien pueden ser perfectos cosmetólogos.
Gustan de usar el lenguaje como los afeites en salón de
belleza. Y creen -están convencidos que hay un maquillaje
especial para cada situación. Como si su preocupación
fuese la apariencia de la mujer, para ellos no hay realidad fea,
solo se tiene que echar mano a algunos bucles, polvos de color
y un rouge encendido. Así, suponen, siempre se puede hacer
de un tiempo adverso, una presencia vistosa, pero apacible.
Cosmetólogos hay, por ahí, en nuestro medio. Aunque
no basta con observarlos para detectar tal condición,
se requiere atender a lo que dicen y, de seguro, la alerta prenderá
el aviso delator. Su principal característica es la intuición
para adelantarse a los hechos. Tienen tan despierto el instinto
de sobrevivencia que siempre se mueven con el afán de
escabullirse de la inquisición de la pregunta, del ruido
de la tribuna. Y entonces, hablan. Sus palabras, la mayoría
de veces distraen, suenan creativas, antojan comprensión.
"Nos faltan partidos para tener el ritmo que yo quiero,
cuando eso llegue seremos imparables", dicen y qué
importa si se cayó ante un rival con menos minutos de
fútbol, pobrísimo en planilla. "Nos falta
un goleador", proclaman con rostro compungido, sin detenerse
a pensar que ya trajeron refuerzos en ese puesto.
"El jugador sabe por qué no lo pongo, aquí
juegan los que están mejor", delinean su advertencia,
pues confían que ya nadie dudaría que hay algo
debajo de sus decisiones. O, "Lo puse en ese puesto porque
sé que va a responder, es cuestión de esperar",
y de esta manera adornan el rato complicado, sin avergonzarse.
"No jugamos mal, es un problema de nivel, su fútbol
está por encima del nuestro", repiten cuando la situación
ya pinta para difícil y nadie se contenta con su "Pase
usted", así ofrezcan manicure de regalo.
Casi siempre, culminan con esa palabra sonriente del peluquero
que invita a mirarse al espejo para comprobar que el corte le
quedó perfecto. Creen que eso es la esperanza. Y que en
el "Servido, señor" se bloqueó el pedido
de cambio. Más malo aún es que los cosmetólogos
casi siempre tienen dejo extranjero. Justo aquellos que debieron
venir para hacer una labor de alta cirugía, acaban por
ser simples acicaladores de nada. A esos, que se instalaron con
carteles de neón y pósters del último grito
de la moda, debemos exigirles que hagan la diferencia o se retiren.
No vaya a ser que de tanto confiar nuestro fútbol en sus
manos, ellos mismos huyan sin rubor, algún día,
al descubrir que ya maquillaban a un muerto.
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