Perú, lunes 14 de marzo de 2005

 

Hay técnicos que bien pueden ser perfectos cosmetólogos. Gustan de usar el lenguaje como los afeites en salón de belleza. Y creen -están convencidos­ que hay un maquillaje especial para cada situación. Como si su preocupación fuese la apariencia de la mujer, para ellos no hay realidad fea, solo se tiene que echar mano a algunos bucles, polvos de color y un rouge encendido. Así, suponen, siempre se puede hacer de un tiempo adverso, una presencia vistosa, pero apacible.
Cosmetólogos hay, por ahí, en nuestro medio. Aunque no basta con observarlos para detectar tal condición, se requiere atender a lo que dicen y, de seguro, la alerta prenderá el aviso delator. Su principal característica es la intuición para adelantarse a los hechos. Tienen tan despierto el instinto de sobrevivencia que siempre se mueven con el afán de escabullirse de la inquisición de la pregunta, del ruido de la tribuna. Y entonces, hablan. Sus palabras, la mayoría de veces distraen, suenan creativas, antojan comprensión.
"Nos faltan partidos para tener el ritmo que yo quiero, cuando eso llegue seremos imparables", dicen y qué importa si se cayó ante un rival con menos minutos de fútbol, pobrísimo en planilla. "Nos falta un goleador", proclaman con rostro compungido, sin detenerse a pensar que ya trajeron refuerzos en ese puesto.
"El jugador sabe por qué no lo pongo, aquí juegan los que están mejor", delinean su advertencia, pues confían que ya nadie dudaría que hay algo debajo de sus decisiones. O, "Lo puse en ese puesto porque sé que va a responder, es cuestión de esperar", y de esta manera adornan el rato complicado, sin avergonzarse. "No jugamos mal, es un problema de nivel, su fútbol está por encima del nuestro", repiten cuando la situación ya pinta para difícil y nadie se contenta con su "Pase usted", así ofrezcan manicure de regalo.
Casi siempre, culminan con esa palabra sonriente del peluquero que invita a mirarse al espejo para comprobar que el corte le quedó perfecto. Creen que eso es la esperanza. Y que en el "Servido, señor" se bloqueó el pedido de cambio. Más malo aún es que los cosmetólogos casi siempre tienen dejo extranjero. Justo aquellos que debieron venir para hacer una labor de alta cirugía, acaban por ser simples acicaladores de nada. A esos, que se instalaron con carteles de neón y pósters del último grito de la moda, debemos exigirles que hagan la diferencia o se retiren. No vaya a ser que de tanto confiar nuestro fútbol en sus manos, ellos mismos huyan sin rubor, algún día, al descubrir que ya maquillaban a un muerto.