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NO A
LA VIOLENCIA
Este aviso es para usted, para ellos: "No dejemos que los
violentos se apoderen del fútbol". Es la hora cero.
Antes que esa realidad, la del grito pintado, de palos y piedras
iracundas a cualquier lado, del balazo perdido, se aloje entre
nosotros. Impidamos que se haga tarde, porque es preferible que
vivamos siempre entre advertencias a que se dé paso a
ese periodo de condolencias y de estadios hechos museos de muerte.
No podemos quedarnos quietos ante lo acontecido en Huacho. Sería
absurdo regodearnos en la anécdota porque "felizmente
los hechos no llegaron a mayores". El repaso de las imágenes
de la turba enardecida contra un equipo ahora Alianza Lima
reclama de los dirigentes una actitud menos contemplativa, les
exige acción. Hay que cortar todo de raíz. Esquivar
el problema es lo mismo que "pasar piola hasta que la gente
se olvide", apelando a trasnochados argumentos como que
la policía no se da abasto para mantener el control, o
que las leyes no son drásticas. "Escapa a nuestras
manos", se lamentan.
Y eso, sin duda, no es enteramente verdad. En esta etapa en la
que el fenómeno de las barras no alcanza los niveles de
violencia que se registran en Argentina, la solución puede
estar más cerca de lo que se supone. No es un secreto
que, mayormente, los cabecillas de las barras son conocidos por
los dirigentes y por los jugadores, y que entre estas partes
se genera una extraña relación de intercambio.
Por intereses, se le va otorgando poder a un grupo que irá,
con el tiempo, dosificando sus armas de convencimiento para sacarle
provecho a su condición de "reconocidos", más
allá de las entradas gratis. Primero, a través
de las banderolas, el nombre coreado y el aplauso. Luego, esto
pasará a ser su mejor modo de presión, vendrá
el usufructo del chantaje, la oferta indiscriminada de aplausos
e insultos. Porque, para ellos, los dirigentes y el plantel siempre
están en pierde. Les saben algo. No es raro, entonces,
que consigan financiamiento para sus viajes, que ciertos directivos
les den "trabajo", que sean liberados de las comisarías
cada vez que enfrenten a la barra rival. Tampoco será
raro que los cabecillas se muevan en los clubes como si estos
fueran sus dominios y que, tarde o temprano, en la embriaguez
del poder, estos se convenzan de que las decisiones sobre lo
que es bueno o malo en la institución debe pasar por sus
manos. Y arrastran a la masa.
Si los dirigentes dejaran de disculpar actitudes violentas de
los barristas por la eventualidad de un mal resultado, se avanzaría
mucho. Solo se requiere que la valentía se manifieste
de dos maneras. La primera, denunciando a los vándalos
que, se sabe, son fáciles de reconocer. Segundo, y quizá
lo más difícil, empezando a decir "NO"
al chantaje y a las amenazas que los malos barristas disfrazan
de pedidos de colaboración. Sostener esa realidad despertaría
sospechas, romperla y superarla sería una campaña
que la prensa apoyaría, pues, al fin y al cabo, el fútbol
sin violencia es posible.
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