Perú, jueves 14 de abril de 2005

 

NO A LA VIOLENCIA
Este aviso es para usted, para ellos: "No dejemos que los violentos se apoderen del fútbol". Es la hora cero. Antes que esa realidad, la del grito pintado, de palos y piedras iracundas a cualquier lado, del balazo perdido, se aloje entre nosotros. Impidamos que se haga tarde, porque es preferible que vivamos siempre entre advertencias a que se dé paso a ese periodo de condolencias y de estadios hechos museos de muerte.
No podemos quedarnos quietos ante lo acontecido en Huacho. Sería absurdo regodearnos en la anécdota porque "felizmente los hechos no llegaron a mayores". El repaso de las imágenes de la turba enardecida contra un equipo ­ahora Alianza Lima­ reclama de los dirigentes una actitud menos contemplativa, les exige acción. Hay que cortar todo de raíz. Esquivar el problema es lo mismo que "pasar piola hasta que la gente se olvide", apelando a trasnochados argumentos como que la policía no se da abasto para mantener el control, o que las leyes no son drásticas. "Escapa a nuestras manos", se lamentan.
Y eso, sin duda, no es enteramente verdad. En esta etapa en la que el fenómeno de las barras no alcanza los niveles de violencia que se registran en Argentina, la solución puede estar más cerca de lo que se supone. No es un secreto que, mayormente, los cabecillas de las barras son conocidos por los dirigentes y por los jugadores, y que entre estas partes se genera una extraña relación de intercambio. Por intereses, se le va otorgando poder a un grupo que irá, con el tiempo, dosificando sus armas de convencimiento para sacarle provecho a su condición de "reconocidos", más allá de las entradas gratis. Primero, a través de las banderolas, el nombre coreado y el aplauso. Luego, esto pasará a ser su mejor modo de presión, vendrá el usufructo del chantaje, la oferta indiscriminada de aplausos e insultos. Porque, para ellos, los dirigentes y el plantel siempre están en pierde. Les saben algo. No es raro, entonces, que consigan financiamiento para sus viajes, que ciertos directivos les den "trabajo", que sean liberados de las comisarías cada vez que enfrenten a la barra rival. Tampoco será raro que los cabecillas se muevan en los clubes como si estos fueran sus dominios y que, tarde o temprano, en la embriaguez del poder, estos se convenzan de que las decisiones sobre lo que es bueno o malo en la institución debe pasar por sus manos. Y arrastran a la masa.
Si los dirigentes dejaran de disculpar actitudes violentas de los barristas por la eventualidad de un mal resultado, se avanzaría mucho. Solo se requiere que la valentía se manifieste de dos maneras. La primera, denunciando a los vándalos que, se sabe, son fáciles de reconocer. Segundo, y quizá lo más difícil, empezando a decir "NO" al chantaje y a las amenazas que los malos barristas disfrazan de pedidos de colaboración. Sostener esa realidad despertaría sospechas, romperla y superarla sería una campaña que la prensa apoyaría, pues, al fin y al cabo, el fútbol sin violencia es posible.